Si hace 8 meses hubiera tenido que definirme, el adjetivo
"nerviosa" hubiera tenido uno de los primeros puestos de la lista (y eso porque un alto concepto de mí misma me impide decir ansiosa). En general, no me cuesta mirar al futuro con optimismo, lo que
me cuesta es pararme a disfrutar del momento y de los pequeños retos conseguidos. Me hace feliz llenarme la cabeza de pájaros y proyectos, de ideas para emprender un negocio por nuestra cuenta o para mejorar nuestra vida (ahora ando liada con un excel de recetas que me haga la lista de la compra semanal...), pero
tanto plan de futuro me impide parar, mirar a mi alrededor y simplemente
disfrutar de lo que estoy viviendo, como si lo verdaderamente bueno "estuviera por llegar".
Pero con el embarazo, esto ha cambiado. Evidentemente
el cambio no lo noté durante las primeras semanas, en las que los miedos después del
falso positivo me hacían ver señales de manchados y pérdidas de embarazo. Además, embarazada de 9 semanas
perdí a mi tía sin esperármelo, hacia la 16 decidimos buscar casa para mudarnos, también me creó preocupación
mi posible reacción si mi bebé fuera un chicarrón y no una bebita como deseaba (¡verás qué marimacho me va a salir por desear tanto una niña sin motivo alguno!)...
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| La barriga "serena" |
Pero
pasadas las 20 semanas de embarazo, empecé a notar que "todo me resbalaba", cada día un poquito más.
Y motivos para alterar a alguien alterable como yo no me faltaban. Por un lado estaba la
mudanza que, aunque era de esperar que fuera una enorme fuente de estrés, sólo me sacó de mis casillas un día en el que toda la familia de mi marido se ofreció a ayudarnos, y allí estaban todos, unos sentados sobre las cajas, otros preguntándome que qué hacían, el perro de los nervios por ver a tanta gente... y yo sólo quería estar sola e ir colocando poquito a poco (lo sé, estáis pensando que soy una bruja y que vaya desagradecida que estoy hecha). Pero pese a ese día, el resto lo hemos hecho con tranquilidad, a nuestro ritmo e incluso disfrutando cada nuevo mueble y cada armario en orden.
Por otro lado, pasada la ecografía de las 20 semanas, cambié mi expediente de hospital. Y entre huelgas y líos varios no me ha vuelto a ver un especialista ni a hacer una ecografía hasta la semana 33, ¡casi
3 meses de embarazo sin que nadie me dijera que "aquello iba bien"!. Pues yo estaba tan pancha, sabía que todo iba bien, notar a la pequeña y jugar a agarrarle sus piernecitas no me dejaba lugar a dudas, (pese a que mi ingeniero favorito insistiera en eso de "si no lo veo, no lo creo").
A esto hay que sumarle el tema del
tabaco. Siempre me ha puesto enferma que se fume "a lo chimenea" delante de no fumadores. Os puede parecer una tontería, pero en casa de los padres de mi marido se fuma sin cesar: en el baño, en la mesa, en la cocina, ordenando, limpiando, comiendo... y pensaba que esto unido a mi intolerancia nos causaría más de un problema. Pues curiosamente he tratado de ser comprensiva (aunque me sigue sorprendiendo que la gente fume delante de un bombo de 8 meses) y apartarme sin incordiar al fumador.
Y por último, la familia y amigos con sus preguntas de
"¿ya tienes todo?". En la semana 34 aún me faltan un montón de cosas (sábanas para la cuna, el colchón, el saco del cochecito, el grupo 0 para el coche,...), pero me da igual: voy a mi ritmo y no quiero agobios.
En fin,
bendita droga llamada embarazo...